Este episodio nace de una cortina. Las de mi casa estaban llenas de hongos por la humedad y mi primer pensamiento fue buscar en Mercado Libre cuánto salían las nuevas. Hasta que me pregunté por qué mi primera reacción fue tirar y comprar otra en lugar de limpiarlas. Es para quien quiere entender por qué reemplazamos tan rápido las cosas y cuánto le cuesta eso.
Ideas clave
- Mi experiencia con las cortinas. Las desarmé y las limpié con un cepillo en un taladro a batería. No quedaron como nuevas, pero sí muchísimo mejor, y me ahorré mucha plata. En un domingo dejé seis de las diez cortinas al 85 o 90%; me quedan cuatro. Tengo 47 años y crecí en una casa humilde donde la tendencia era reparar: la heladera pesada con un pulpo en la manija es el ejemplo que recuerdo.
- Efecto dotación. Es un concepto de la economía conductual que trajo Richard Thaler, ganador del Nobel: valoramos más lo que tenemos que lo que no tenemos, y todavía más si nos costó esfuerzo conseguirlo. Hace 70 años una heladera o un lavarropas implicaban muchísimos ingresos de una familia, y se compraba uno para toda la vida.
- Tiempo-precio. En vez de ajustar por inflación, se ajusta por salarios: cuántas horas hay que trabajar para comprar algo. Los ejemplos que leo son de Estados Unidos, pero se pueden aplicar a Latinoamérica o Europa. Un lavarropas pasó de unas 180 horas de trabajo en 1950 y algo a unas 23 hoy (77% menos). Un televisor, de 127 horas a 20 (84% menos). Un aire acondicionado, de 164 horas en 1956 a 11 (93% menos). Las cosas son más baratas y, por eso, más fáciles de descartar.
- Obsolescencia programada. No es una teoría conspirativa: es un modelo de negocio racional para las empresas. Es más rentable vender muchos productos baratos que duran poco que uno caro que dura para siempre, y como la tendencia a reparar desaparece, compramos otro. En ropa, las cifras que cito: en 2014 se compró un 60% más que en el 2000 y se la mantuvo la mitad del tiempo, y cada prenda se usa un 36% menos veces.
- Un impuesto invisible. Cada vez que tiro algo que podía haber funcionado más tiempo o arreglarse, pago un sobrecosto que sale de mi bolsillo, aunque nadie me lo cobre explícitamente.
Para llevar a la práctica
- Calcular cuántas cosas tiraste o reemplazaste el último año que podían haber durado más, y cuánto sumaron.
- Usar el costo por uso: dividir el precio entre las veces que vas a usar el objeto. Una campera cara que usás muchas veces puede salir más barata por uso que una barata que se rompe a la tercera. Lo mismo para ropa, muebles o la tele. Yo compré una herramienta para un trabajo puntual, la usé una vez y me costó 2.500 pesos por uso; contratar a alguien habría sido más barato.
- Hacerte tres preguntas antes de comprar: ¿esto se puede reparar? ¿cuál es el costo real por uso? ¿estoy comparando por precio o por valor?
No propongo idealizar el pasado: hoy podemos acceder a más cosas, lo que está bien, pero con la contra de que dejamos de valorarlas. Si querés escuchar los ejemplos completos y los números, te invito a ver el episodio.